Han pasado los minutos y aún te espero con impaciencia al final del andén. Hoy he llegado más temprano que de costumbre, porque no podía permanecer durmiendo pensando en ti. Doy vueltas y vueltas en mi cama sabiendo que necesito ver la luz de tu sonrisa; mi casa es como una cárcel que encierra mis pensamientos y oprime mis latidos.

Mi piel se enciende cada vez que las luces se asoman por el túnel. Cada metro que pasa hace que mis tripas se revuelvan de los nervios. Sólo espero que seas tú esta vez, que sean tus delicadas manos guiando esa máquina llena de gente. Deseo que tus ojos se encuentren con mis ojos y me sonrías. Sólo así subiré a ese carro, sólo así podré continuar con mi rutinario día.

Ese instante lleno de plenitud que absorbe mi vida entera, es el que me da fuerzas para volver cada día y pararme al borde del andén hasta observar que llegas. Pero no eres tú quien conduce ese coloso y me resigno a esperar una vez más. Sé que no es tu día libre, porque acostumbras a pedir los lunes y los viernes para escapar de la multitud. Tampoco cambiarías tu turno porque te encanta comenzar temprano por la mañana para volver temprano a tu casa.

Lo sé porque muchas veces he subido a tu carro para hacer todo el recorrido de ida y vuelta toda la jornada. Lo sé porque hemos tomado el mismo bus camino a tu casa y me he quedado a tu puerta hasta que apagas la luz. Conozco la hora a la que te levantas y también cuanto te cuesta llegar cada día a tu trabajo.

Así ha sido desde el día que te conocí, ese día que por primera vez vi una mujer conducir ese tren. Tal fue mi impresión que no pude dejar de pensar en ti, necesitaba conocer más de ese ángel en los controles.

Sin darme cuenta comencé a buscar tu rostro cada día, a observarte a través del cristal, a mirar tus labios y tu sonrisa, comencé a necesitarte. Muchas veces tomé distancia para que no me vieras, pero otras veces pasé frente a ti sin que notaras mi presencia. Recuerdo muy bien el número de tu casa, el color de sus cortinas, las tres variedades de rosas que crecen en tu jardín; blancas como tu piel, rojas como tus labios y amarillas como las luces que iluminan tu cara cada día.

Entre carro y carro sólo pienso en ti, en tus ojos que hacen resplandecer mi corazón, mientras otro tren sin tu cara pasa frente a mí. La gente ya me mira extraño porque parezco uno de esos desesperados que se lanzan a las vías. Pero ellos no saben el motivo de mi delirio, ni las razones de mi larga espera.

Así que tomo distancia de la orilla, saco mi teléfono simulando una llamada y finjo una sonrisa para dejar atrás las sospechas. Mientras, los minutos siguen avanzando y mi día no comenzará hasta no verte otra vez.

Mi corazón agitado desfallece y mis manos sudorosas se impacientan cada vez más, mi respiración se vuelve densa y sudo helado entre carro y carro. Sólo espero que se acabe este infierno temporal que tiene sus minutos contados.

Incertidumbre, desespero, sensaciones vertiginosas y tormentosas. Quisiera gritar de la rabia pero retengo ese aullido penoso al fondo de mi pecho. Me siento demasiado expuesto con tanta gente alrededor y las luces a la distancia me llenan de esperanza nuevamente.

Mis manos sudorosas dejan caer mi teléfono. Mi corazón ansioso se apresura a recogerlo y al levantar la mirada veo tu cara hermosa a través del cristal. Ahora sí, tras largos minutos de agotadora espera, al fin encuentro recompensa al reconocer tu mirada. Esa cara de ángel que me cautiva, esa silueta dorada que me inspira vida. Mis latidos recobran su agitada normalidad, el aire recorre mis pulmones con mayor velocidad dándome vigor y nuevas energías.

El tren se detiene con lentitud, mientras me acerco hasta la entrada más cercana a ti; siento el sonido de las puertas al abrir y el movimiento de la multitud me empuja hacia ellas. Abres tu puerta para mirar hacia atrás poniendo atención a la gente que baja y sube.

Tus ojos siempre permanecen fijos en el horizonte, pero en el preciso momento que llego al borde de la entrada, bajas la mirada para saber que estaba ahí, esperándote como cada día.

Ahí están tus hermosos ojos que atraviesan mi corazón haciéndolo latir con más fuerza; es como un golpe de corriente que me llena cada día. Eres tú quien guía mis pasos hasta subir al carro tras de ti y aunque oculto por el cristal que nos separa nunca podría abrazarte, esperaría la eternidad sólo por verte unos segundos en mi vida. Esa sensación de estar vivo sólo vuelve a mis venas cuando consigo reflejarme en tu mirada.

Las puertas se cierran y me acomodo cerca de la ventanilla que da hacia tu carro. El cristal oscuro sólo deja ver parte de tu silueta, mientras en mi mente se completan las líneas que mis ojos no ven. Muchas cosas he vivido desde que nos vimos la primera vez, al principio pensé que era una coincidencia cruzar nuestras miradas; pero luego me di cuenta que sólo contigo siento esa energía que me estremece y me ha hecho adicto a ti.

El sonido de las vías recorridas es una sinfonía cuando viajo cerca de ti, una a una van pasando las estaciones en este viaje mágico. No veo hacia otro lado que no sea tu ventana, no siento otro olor que no sea tu perfume y no espero otro momento en el día más que disfrutar de esta travesía. Nada tendría sentido hoy sin verte, aunque ya he pasado antes esa agonía.

La primera vez que faltaste al trabajo, pensé que lo dejarías; ese día permanecí largas horas en la estación mirando cada carro pasar. Mi desesperación por saber qué te había sucedido, me llevó a preguntarle a mucha gente si te conocía. Consulté en todos lados hasta saber tu nombre y que un fuerte resfriado te impidió ir a trabajar.

Ese día me di cuenta que no podría vivir sin verte otra vez, tu presencia ha causado algo inexplicable en mí. Me has hechizado y encadenado a tu vida. Ya no tengo poder sobre mis actos, cada mañana debo verte y soy esclavo de esta rutina que me está matando.

No sé porqué no puedo acercarme a ti y hablarte, lo he intentado muchas veces. He estado al borde de abrir mis labios y saludarte, pero mi boca traicionera se cierra y los sonidos enmudecen frente a tus ojos. A veces siento que tú también esperas lo mismo, que al fin pueda romper esa barrera y acercarme a ti; pero mi corazón cae en un vacío cada vez que pienso las palabras que diría.

Mis mejores sueños y mis peores pesadillas han sido contigo, eres la causa de mis delirios y el motivo de mi desesperación. Mi sudor se vuelve helado cada vez que me imagino tomándote de las manos, mirando fijo a tus ojos y besándote. Esos pensamientos siempre terminan mal, un vértigo increíble me invade, mis piernas pierden sus fuerzas y he llegado al límite del desmayo.

Las estaciones avanzan y reconozco los últimos andenes de este viaje, una hora junto a ti, ha sido como cinco minutos. Pero es lo que necesito cada día, es lo que mueve mi vida, es lo que colma mis venas y mis pensamientos, no me imagino teniendo otra rutina. El último túnel se acerca, los últimos metros del recorrido comienzan, los segundos avanzan mientras las luces de la última estación ya se divisan a lo lejos.

Debo reconocer que tengo una vista privilegiada, casi puedo ver lo mismo que tú, puedo saber cuando estamos cerca del final de otro viaje en tu compañía. Ojala sintieras lo mismo sólo por una vez, esa satisfacción y esa agonía que me invaden cada día. Suena el intercomunicador y tu voz anuncia la estación terminal. Es obligatorio descender, aunque si por mí fuera continuaría por siempre cerca de ti.

Reduces la velocidad y nos detenemos para finalizar nuestra travesía; las puertas se abren y la gente comienza a bajar. Esa sensación extraña me atormenta, saber que no te veré en el resto del día es un sentimiento doloroso.

Espero unos momentos hasta que abres tu puerta para mirar hacia atrás, aunque muy en mi interior sé que también lo haces para verme bajar una vez más. Ese instante milagroso en que no necesitamos palabras, sólo las miradas. Cómo quisiera romper esa rutina y hablarte; pero ese miedo eterno que me consume, me hace sentir que podría perder la magia que vivo cada día, sólo por el caprichoso acto de abrir mi boca.

Saco mi teléfono como cada día y simulo hablar con alguien mientras me acerco a la puerta. Mis ojos recorren ansiosos los centímetros que me separan de tus ojos; hasta que se produce ese encuentro milagroso. Si hay algo cercano al paraíso es este instante, cuando logro ver tu cara de ángel iluminando mis últimos segundos en este tren.

Como cada día desde hace once meses y trece días nuestras miradas se cruzan al bajar y un nudo en la garganta me impide decir palabras. Mis manos sudan y mi corazón se acelera con intensidad, ni siquiera puedo esbozar una sonrisa, sólo puedo mantener mis ojos fijos en ti y disfrutar de tu hermosura.

Si algún día rompiera este miedo también podría perder esta fantasía; es más fácil callar y mantener el suspenso eterno de lo que pasaría, que experimentar el sabor amargo de un rechazo. Lo he soñado tantas veces que hasta he sufrido por algo que nunca ha sucedido.

Disfruto mis últimos instantes frente a tus ojos, mientras me acerco a las escaleras, volteo para verte por última vez parada junto a la puerta del tren. Tu hermoso rostro llena mi corazón y tu silueta permanece en mi recuerdo por largas horas. Y aunque espero verte mañana nuevamente y recorrer contigo la ciudad; el miedo de que eso no suceda está siempre presente, hasta que mis ojos te vean aparecer desde ese túnel para iluminar mi día otra vez.