La lluvia intensa de la mañana se sentía como una brisa húmeda que golpeaba en la cara, los pies mojados estremecían su cuerpo, mientras la caída de las gotas en el suelo, levantaban una bruma blanca que rápidamente desaparecía. Ella miraba ansiosamente a través de la ventana del bus en que viajaba, mientras las gotas de agua se deslizaban suavemente por el cristal empañado. Pero los nervios por encontrar los ojos de él en medio de la gente, eran más importantes que el clima tormentoso de ese día.

Su mente viajaba constantemente por cada día en que lo había visto subirse en el mismo lugar, a la misma hora, en el mismo bus en que ella viajaba. Fugazmente vino a su memoria el recuerdo de esa primera mirada silenciosa que los ha unido por tanto tiempo.

Era una cálida mañana de verano y el sol entraba por las amplias ventanas del bus en que viajaba, ella lo vio subir las escaleras, pagar su pasaje y ubicarse tranquilamente en el pasillo. Sus ojos lo observaban detalladamente sin que él lo notara. Hasta que de improviso, él levantó la vista y sus miradas se encontraron en medio del pasillo como un choque mágico de dos rayos en medio de una tormenta. Por largos segundos, sin dejar de observarse, sonrieron culpables y tímidos, hasta cambiar nuevamente su centro de atención.

Pero a medida que el bus avanzaba, volvían a mirarse incluso a través de los reflejos en las ventanas. Desde ese día, casi todas las mañanas repetían la misma escena. Una y otra vez captando cada detalle que los hiciera recordar ese momento durante el día; esperando con ansias el final de la jornada y que otra mañana trajera de regreso la imagen de esos ojos caprichosos.

A veces la situación era un poco diferente; mientras ella esperaba que él subiera al bus en que ella viajaba, aquello no sucedía dejándola algo triste. Pero algunas cuadras más allá, se daban cuenta que iban en buses diferentes y esbozaban una sonrisa tranquilizadora al verse nuevamente a través de las ventanas. Sus miradas culpables que buscaban en silencio eran recompensadas; ojos encantados y unidos por el destino cada día.

Después de algunas semanas, el verano ya acababa y el viento del otoño comenzaba a hacerse presente. Sus ropa eran ahora más abrigadoras, pero no les dificultaba reconocerse entre la multitud. Sus ojos eran como faros que guían al navegante en la oscuridad y lo llevan con bien hasta su destino. El brillo de sus miradas, sonrojaban sus mejillas cada vez que se sentían descubiertos en el acto de observar; intentando retener cada detalle hasta el día siguiente.

Las hojas secas caían en las calles mientras sus ansias estaban en pleno florecimiento, los capullos de sus corazones comenzaban a abrirse lentamente, esperando cada día y soñando algún instante de mágico encuentro. Incluso al bajarse del bus, él mantenía su vista en ella y siempre esperaba que se alejara antes de cruzar la calle, ambos con sus ojos fijos en el otro se entregaban un suspiro hasta perderse en la distancia.

Todos esos pensamientos estaban en su mente cuando el bus lentamente llegaba al paradero donde toda esa magia comenzaba. Esa mañana nada presagiaba que algo diferente a los días anteriores sucedería, sólo la primera lluvia del invierno cambiaba el paisaje diario y le hizo suponer a ella que hoy no lo vería.

Los paraguas de la gente le impedían mirar con libertad por las ventanas, ella se acomodó más atrás en el pasillo, justo frente a la puerta trasera; esperaba que en ese lugar tendría una mejor visión.

Cuando ya había perdido las esperanzas de encontrarlo, ella mantenía su mirada fija en la puerta delantera del bus. El chofer abrió la puerta de atrás y una ráfaga de viento subió por las escaleras, mientras él comenzaba a subir los peldaños justo frente a ella. Por un momento el cielo dejó ver un resplandor que dio de pleno en la cara de él, sus miradas nuevamente se encontraban; él continuó subiendo hasta quedar a su lado y decir en tono amable:

—Hola.

Ella le respondió el saludo; sonriendo tímida y nerviosamente, sólo una palabra bastó para romper la distancia que por meses habían sostenido. Sus cuerpos más cerca de lo que jamás habían estado, mostraban las ansias contenidas y la impaciencia del momento; realmente no sabían qué decirse el uno al otro. La conversación fue tan básica y tan llena de tensión, que al separarse apenas recordaban realmente sus nombres.

Al encontrarse nuevamente al día siguiente, ya con menos impaciencia, continuaron su matutina conversación, compartieron cada uno el teléfono del otro y cuando no se encontraban en el bus, al menos sabían que podían conversar las veces que quisieran. Desde ese día sus encuentros se complementaban con largas horas de charlas al teléfono y profundos suspiros tras colgar.

Las semanas pasaron y ella ya había cambiado de trabajo, por lo que no tomaba su acostumbrado bus por las mañanas, sin embargo siempre conversaban largo rato cada vez que podían. Para ella, él se había convertido en alguien muy importante y necesitaba mantener esa comunicación a diario, aunque él no tomara ninguna iniciativa.

Por esas cosas incomprensibles de las que nunca nos arrepentimos, ella sintió la necesidad de verlo una vez más y de saber de él personalmente. Ya no quería depender del teléfono para escucharlo, sino que deseaba oír su voz directamente y ver sus ojos otra vez. Buscó la manera de conseguir la dirección de su trabajo y sin previo aviso fue a visitarlo a la hora de salida; la verdad ella no sabía cómo no ser evidente y fingió una mera casualidad del destino. La sorpresiva visita fue muy agradable para él, quien la acompañó hasta el paradero, sin percatarse del verdadero motivo por el que ella estaba allí.

Conversaron largamente, se rieron y disfrutaron de sus compañías mientras las horas avanzaban rápidamente. Las sombras de la tarde se tornaban largas e indefinidas, y luego de despedirse muchas veces ella le dio un beso en la mejilla y se alejó caminando. En cada paso que daba no dejaba de pensar en él, se sentía ligada a él como nunca antes se sintió por ningún hombre. Había hecho un largo viaje sólo para verlo y aunque había estado toda esa tarde conversando con él, sentía que no podía dejar pasar esa oportunidad así como así.

Ella se devolvió rápidamente, aceleró su paso hasta alcanzarlo y se abalanzó a los brazos de él besándolo en los labios con gran pasión. El beso correspondido duró largos e interminables minutos, hasta que ella se atrevió a decir:

—Hace tiempo que esperaba este momento.

Y aunque no fue él quien diera el primer paso, asintió con la cabeza y dijo:

—Yo también había esperado este momento mucho tiempo.

Pero él bajó su mirada un instante sintiendo la culpa de no haber tomado el protagonismo. Ella comprendió lo que sentía y sin decir nada más, volvieron a besarse y así estuvieron largas horas nuevamente. Nada importaba en esos momentos, la larga espera había terminado, la distancia se perdía y sólo estaban ellos besándose al atardecer.

Esa mirada que meses atrás los unió en el lugar más común, compartido por dos personas, cerraba el encuentro final entre ellos de la manera más romántica y hermosa para dos almas gemelas. Si bien el tiempo no fue inmediato en su actuar, se puede asegurar que lo de ellos fue amor a primera vista. Se reconocieron sin saber, se buscaron sin conocer y a pesar de las circunstancias, el verdadero amor prevaleció; se mantuvo latente y encendido hasta juntar sus corazones, sus cuerpos y sus almas.

Los años han pasado y la vida les sigue sonriendo. Hoy estos recuerdos llegan nuevamente a la memoria de ella, justo cuando espera su segundo hijo con él. Si alguien alguna vez dudó de su verdadero amor por la forma en que ellos se conocieron, el tiempo alejó toda duda y todo miedo al qué dirán.

Dos miradas encontradas en un bus, una mañana destinada sólo para ellos, dos miradas silenciosas, culpables del amor una mañana de verano.