Las horas de trabajo no están establecidas.

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El Tiempo de los Ángeles

La mañana casi terminaba, el sol de mediodía estaba a punto de alcanzar su mayor altura. El calor del verano se disipaba levemente con una fuerte brisa que venía desde el sur y las sombras de los árboles caían en noventa grados sobre el césped.

Él estaba de pie frente a la multitud, un toldo blanco resguardaba a los presentes del calor y los ordenaba entre pasillos de sillas blancas. La roja alfombra marcaba la ruta que ella recorrería hasta llegar al altar, lado de su novio. Los nervios de ese gran momento se sentían en el aire, era el día más importante de sus vidas, la escena más esperada de esa película estaba por comenzar.

Mientras contemplaba ansioso a la multitud de invitados, a su memoria volvían todos los recuerdos que lo trajeron hasta este lugar, lejanos pensamientos que inundaban su mente llevándolo en un pequeño viaje al pasado.

Años atrás su solitario corazón lo llevó a hacer una visita a un pariente lejano, a muchos kilómetros de su hogar vivía la tía de su madre. Apenas recordaba cómo llegar a su casa, pero se había aventurado en ese viaje de cortesía, recorriendo aquellos parajes que visitaba con su madre cuando era pequeño.

La verdad no sólo era un paseo nostálgico a su infancia, sino que también quería escapar de la soledad en la que se sumergía. No soportaba la idea de que los años avanzaran y su vida sólo tuviera un sentido, trabajar. A veces es difícil disfrutar los momentos a los que nos enfrenta la vida, cuando se desea intensamente tener a alguien especial con quien vivirla.

Mientras avanzaba por las calles recordadas y rescatadas del baúl de los recuerdos, llegaban a su memoria antiguas imágenes de esos viajes vividos. Los colores y las figuras que sólo se habían guardado en su mente, ahora se materializaban con cada paso que daba.

Al fin llegó a la casa de su tía, tocó el timbre y tras algunos segundos la puerta de la casa se abrió dejando ver la figura mucho mayor de la mujer. Los años habían multiplicado las canas de su otrora gris cabellera, su rostro también había hecho suyas las líneas de la vida marcando el paso del tiempo sin retorno.

Ella no lo reconoció de inmediato, habían pasado casi quince años desde la última vez que se habían visto. Pero si le recordó cuando él mencionó de quien era hijo. Con un grito de emoción ella le brindó un cariñoso abrazo y lo invitó a entrar a su casa y a alojarse esa noche. Invitación que fue muy bien recibida al principio ya que el viaje de regreso era largo.

Toda la tarde conversaron de la vida y de tantas cosas que habían pasado en esos años sin verse. Entre recuerdos y anécdotas se produjo un silencio que se rompió con una pregunta que lo dejó pensando un poco triste:

— ¿Y usted sobrino aún no se ha casado? —le dijo la mujer con curiosidad, sacando cuentas que él ya tendría más de veinticinco años.

—No, aún no encuentro a la persona que llene mi vida —contestó él con tristeza y dando un suspiro de desolación, mientras fingía una mezquina sonrisa, le contó los por menores de su vida amorosa.

—Ya llegará la mujer indicada, usted aún es joven —exclamó la mujer, intentando consolar a su sobrino y entendiendo que la pregunta no había llegado en un buen momento para él.

Él miró una vez más su reloj y dando las gracias por la invitación a quedarse, argumentó que no podía aceptar, debido a un importante compromiso al día siguiente.

La verdad sentía tanta pena y desconsuelo, que no quiso evidenciar que estaba a punto de llorar; tenía un nudo en la garganta desde que se sinceró con su tía respecto a sus experiencias en el amor.

A los minutos después se los veía salir por la puerta de la casa; con un fuerte abrazo se despidió de su tía y se acercó a la reja de salida. En ese momento frente a sus ojos, apareció una hermosa joven que empujaba un coche con un bebé. Al verla pasar del otro lado de la reja, se quedó contemplando su figura, sus facciones y su caminar.

Se sintió tan atraído a ella que muy dentro de él quería acercársele y romper su infinita timidez, pero no fue capaz. Era tan grande el miedo al rechazo que opacó cualquier pequeña llama de valentía y que prefirió no arriesgar nuevamente su corazón.

Sin embargo tras un suspiro dijo una frase al cielo con la esperanza de que Dios escuchara su ruego o los ángeles trajeran su petición milagrosamente ante él:

—Así me gustaría conocer una mujer, que se enamore de mí y estar con ella para siempre; el único problema con ella es que me hubiera gustado que no tuviera un hijo.

La joven mujer pasó de largo empujando el coche y se alejó por la calle en dirección opuesta a la que él debía caminar. Nuevamente se despidió de su tía y emprendió el viaje de regreso a su casa.

Todo el camino lo recorrió con la imagen de la joven en su cabeza, cerraba los ojos y sólo la veía a ella. Esa imagen lo atormentaba y lo entristecía; por un lado sentía una gran atracción hacia joven y por otro, el bebé que ella llevaba, le daba cuentas que posiblemente era una mujer comprometida y alguien había tenido la fortuna de encontrarla antes.

Al paso de los días y de los meses, la imagen de ella se perdía en el lejano recuerdo de esa tarde. Varias veces volvió a visitar a su tía esperando tener la suerte de verla otra vez. Sin embargo nunca más volvió a verla, los años fueron pasando y esa silueta se esfumó de sus pensamientos.

Él seguía solitario en búsqueda del gran amor para su vida. Mucho tiempo después conoció una mujer por Internet; normalmente él no hacía esas cosas para conocer personas, pero había escuchado de casos exitosos y nada perdía con probar.

Ella estaba en la misma situación que él, soltera aún en búsqueda de esa persona especial que llenara su vida. Con mucho que hablar y compartir, sus conversaciones cada vez se hicieron más intensas e interesantes. Algo los atraía a ambos, algo estaba creciendo lentamente entre esos dos solitarios. Tras poco tiempo de conocerse virtualmente y conversar por horas al teléfono, el destino los llevó a encontrarse en persona.

Ella había viajado a la casa de un amigo en la ciudad donde él vivía y aunque se suponía que se alojaría allí, por esas cosas de la vida, su amigo tenía otro compromiso por el cual no se podía quedar y tampoco podía acompañarla a tomar el bus de regreso a su ciudad. Fue en ese momento que ella pensó en él para pedirle ayuda.

El casual encuentro los llevó a reunirse por primera vez e ir juntos al terminal de buses, ya era avanzada la tarde y ninguno de los dos había almorzado, por lo que decidieron compartir ese momento y conocerse más mientras llegaba la hora de partir.

Los nervios de esa primera cita casual se desvanecían a medida que la charla se hizo más amena. Sin duda ambos sintieron que ya se conocían de mucho tiempo. Toda la tarde continuaron compartiendo anécdotas y experiencias de sus vidas; el tiempo pasaba y ninguno mostraba señales de aburrimiento. Cuando finalmente se dieron cuenta, el sol se había escondido hacía mucho rato y ya era avanzada la noche. Ella tomó el bus de regreso a su ciudad y por semanas continuaron conversando más y más ala distancia.

Los meses habían pasado y esta vez fue el turno de él de viajar a la ciudad donde ella vivía. Juntos asistirían a un concierto y pasarían el resto del fin de semana disfrutando de su compañía.

Desde ese día mantuvieron esta relación a distancia, viajando constantemente para estar el uno con el otro y afianzar sus lazos de amor. Fue en uno de esos viajes donde él recordó a su tía lejana que vivía en la misma ciudad que su novia. Ya habían pasado más de siete años que no la visitaba y decidió invitarla a ella para que la conociera.

Se trasladaron hacia su casa y a pesar del tiempo transcurrido, las calles y casas del entorno parecían mantener su característica calidez y sencillez. Mientras se acercaban y para sorpresa de él, ella le comentó que ya conocía esos lugares. La sorpresa fue mayor cuando llegaron a la entrada de la casa de su tía y ella le dijo:

—Hace años yo cuidaba un bebé por estos lados y cuando él no quería dormir lo sacaba a pasear por estas calles, de hecho pasaba siempre por enfrente de esta casa.

Él sintió un acelerado pálpito en su corazón y al instante fue como si un velo se hubiera caído de sus ojos. Recordó entonces a aquella joven que paseaba un bebé en coche; aquella hermosa mujer que le hizo suspirar, pero a quien no se le acercó pensando que era casada. La coincidencia era bastante y no podía guardar lo que estaba pensando y sintiendo; decidió contarle lo que años atrás le había pasado.

Mientras él describía a la joven muchacha, como andaba vestida y la situación en la que todo había pasado, los ojos se le iluminaron hasta no retener más la emoción:

— ¡Esa era yo! ¡Yo cuidaba a ese bebé hace siete años atrás!

La exclamación terminó por sacar la venda de sus ojos y darse cuenta que a su lado tenía a aquella hermosa joven por la que su corazón suspiró; siete años se demoró en concretarse su encuentro, siete años de vivir sus vidas sin saber el uno del otro.

Ambos sintieron algo inexplicable en sus corazones; cuando dos almas gemelas están destinadas a conocerse, aunque el tiempo pase sin medida, el encuentro se concretará tarde o temprano. Y cuando al fin se reconocen y se necesitan, es difícil pasar más tiempo sin esa anhelada compañía; así que ambos decidieron dar el gran paso para siempre.

Lentamente esa visión del pasado se iba de su mente mientras la veía a ella avanzar hacia el altar, la marcha nupcial llenaba de una emocionante melodía el ambiente y a lo lejos ella caminaba por el pasillo del brazo de su padre en este día tan especial.

El tiempo de los ángeles había llegado y el cielo se abría para contemplar semejante milagro de la vida. Al fin ella llegaba al lado de su amado, aquel por el cual también le había rogado tanto a Dios.

Muchos aspirantes intentaron conquistar su corazón, pero en el fondo ella siempre supo que había una persona especial esperándola. La larga ceremonia se volvía sólo segundos mágicos, el brillo de sus ojos al mirarse uno al lado del otro, las caricias de sus manos al recibir los anillos, el suspiro previo y posterior del —Sí, acepto.

Sólo esperaban la célebre frase que retumbo en el silencio expectante de los invitados:

—Los declaro marido y mujer, que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre… Puede besar a la novia…

Todos los presentes sintieron como un poco de ese amor llenaba sus corazones, las lágrimas de algunos, las sonrisas emocionadas de otros. Era como un torbellino de emociones adornando el hermoso cuadro plasmado en cientos de fotos. Los sonidos no sincronizados de las cámaras fotográficas que captaban cada segundo de la ceremonia.

El entorno adornado por flores blancas y cintas doradas, parecía un extracto del cielo mientras los novios escoltados por ángeles y unidos por la voluntad soberana de Dios, sellaban sus destinos con un apasionado beso de amor.