Las horas de trabajo no están establecidas.

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Un Sabor Especial

Era uno de esos días que lo único que deseaba era saciar mi calor y mi sed; sólo quería tomar algo helado o mojarme hasta que mi cuerpo digiera basta. En mi paladar el agua sabía tibia y sólo necesitaba algo refrescante, un sabor que no se perdiera por completo de mi boca, que permaneciera. Me dirigí a la heladería más famosa de los alrededores, en ella había una gran variedad de sabores y aunque pruebe algunos que son menos tradicionales, siempre he tenido mi favorito.

Me apoye en la vitrina mirando detenidamente cuál sería la degustación de hoy, qué sabor acompañaría a mi predilecto. Me tomé mi tiempo en decidir sólo por probar algo diferente esa tarde. Me decidí por uno que no había degustado antes y le pedí enfáticamente a la señorita que me atendía, que colocara primero mi sabor favorito. Sabía que al acabar de comer ese nuevo sabor, al pasar mi lengua por el último bocado de su textura, encontraría finalmente aquel que movía todos mis sentidos.

Esa dulzura que no encontré nunca en otro sabor, esa frescura y aroma incomparables, casi como llegar al cielo en unos pocos segundos. Ya me imaginaba cada minuto de su recorrido en mi boca; endulzando suavemente mi paladar y derritiéndose lento, dejando su sabor en mí. Mis dientes ya sentían su fría presencia internándose y resbalando por ellos, de tanto imaginarlo se me hacía agua la boca y tragaba saliva sin cesar.

Mientras lo preparaban, me apresure a pasar por la caja; en mis manos ya percibía la textura del crujiente barquillo y su olor. Hasta mis dedos estaban amoldándose a su forma cónica y puntiaguda, esa particularidad que los hace verse más grandes de lo que en realidad son.

Una vez pagado, estaba listo para acercarme nuevamente a la vitrina y retirarlo. Estaba más ansioso que nunca

—¿Será porque era el primero del verano?

A veces la impaciencia nos juega en contra, pero no me preocupé de eso, sólo estiré mi mano para recibir mi tan codiciado cono y poder disfrutarlo de una vez. Pero al momento de colocar mi mano sobre el barquillo, mis dedos presionaron más de lo debido. El crujiente cono cedió entre mis manos, rompiéndose como cáscaras de huevo. Acto seguido, vi como el helado salía desde arriba escurriéndose por mis manos. En un impulso reflejo intenté detenerlo, pero era imposible, el cono caía sin remedio.

En cámara lenta, vi como resbalaba el helado por mis manos y se esparcía por toda la vitrina, mientras mis torpes dedos aún intentaban retenerlo sin dejarlo ir. Al final quedé apoyado en el cristal, con mis manos llenas de helado y barquillo, con una expresión de incertidumbre en mi cara, casi haciendo lágrimas. Era comprensible mi expresión, no eran los helados más baratos de la ciudad y ya no tenía dinero para pagar otro.

Ver la vitrina embarrada de helado de dos sabores, debe haber sido muy impactante para la vendedora. De inmediato me pasó servilletas y se apresuró a armar un nuevo cono; mientras con un nudo en la garganta, yo intentaba darle explicaciones echándole la culpa al frágil barquillo. Ella se dio vuelta muy molesta y me hizo un gesto para que guardara silencio; con ese ademán ella asumía el error, pero más que todo quería evitar más problemas con la situación.

Esta vez colocó doble barquillo para evitar una nueva desgracia y me lo entregó suavemente. Luego se puso a limpiar con afán el gran desastre que había quedado. Yo me apresuré a salir de la tienda; tanto por mis ganas de comerme al fin mi helado, como por la vergüenza de la situación. Aún llevaba pedazos de servilleta en mis dedos pegajosos, testigos mudos del desastre dejado atrás.

Pero al fin aquello tan anhelado estaba en mi paladar; atrás quedaba el accidente, la vergüenza y esas ganas de llorar por el helado derramado. Sin duda esa dulzura lo compensaba todo y lentamente saboreé hasta el último centímetro de barquillo crujiente que entró en mi boca.