Las horas de trabajo no están establecidas.

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Mi Amiga Nepenthes

Anoche fue una noche muy difícil, apenas pude conciliar el sueño algunas horas y en la mañana los ojos se me cerraban a cada instante. Había ido al baño muchas veces a mojarme la cara para espantar el sueño y cada vez que me miraba al espejo, veía mis ojeras crecer y crecer sin parar. Las horas pasaban lentas y lánguidas, estaba claro que ese había sido uno de los días menos productivos de toda mi vida. Aun así logré realizar algunas planificaciones y cerrar algunos informes que siempre resultan ser tan tediosos y complicados.

Pero pasado el mediodía, mi cabeza tambaleaba una y otra vez frente al computador, casi rindiéndose por el sueño; ya no había forma de espantar el cansancio que me envolvía. Sin duda había sido uno de los días más difíciles de sobrellevar. No siempre había tenido los problemas que se presentaron hoy y como si fuera poco, mi jefa ha sido toda una pesadilla en la semana, seguro se debe a que mañana es su cumpleaños.

Con todo lo que estaba pasando, era casi justificable que colocara mis brazos frente a mí y recostara mi cabeza sobre ellos para descansar un momento. Lo que no se justifica es haberme quedado profundamente dormido en esa posición. Estaba todo muy calmado a esa hora, el silencio era absoluto. Yo me encontraba solo, ya que mis compañeros de oficina recién habían salido a almorzar y no regresarían hasta dentro de una hora. Lo que sucedió después, fue algo que jamás olvidaré.

Me levanté de la cómoda posición de descanso que había tomado, estiré mis brazos y bostecé como no lo hacía hace mucho tiempo; fue una sensación muy reconfortante. Mi oficina estaba oscura y sólo se iluminaba por las luces de otras oficinas; sin embargo, también estaba oscuro al exterior del edificio. Por un momento pensé que había dormido toda la tarde sin darme cuenta y que la noche ya había llegado.

Caminando por los pasillos no me encontré con nadie, tampoco había personas en las salas de reuniones. Todo estaba desierto, pero pude ver que los computadores en cada oficina aún estaban encendidos. Seguí caminando por el pasillo y me detuve frente a los casilleros, saqué de mi bolsillo una llave y abrí el mío.

En el interior había una pequeña planta, con hojas sedosas en la base y un tallo firme que se elevaba firme hasta llegar a un capullo rojo muy llamativo. Era tan atractiva su forma y su color que nadie jamás hubiera pensado que se trataba de una especie de planta carnívora. Ella pertenecía a la familia de las Nepenthes y tienen la particularidad de crecer sin medida; cuando ya son adultas poseen enormes capullos que se descuelgan del tallo en forma de bolsitas de color rojo.

Claro que había algo más especial en esa peculiar planta, por semanas yo la había alimentado con carne impregnada con el perfume que usaba mi jefa. Y aunque devoraba insaciable cada bocado que yo le daba, aún era demasiado pequeña para ser peligrosa.

Al día siguiente era el tan esperado cumpleaños de mi jefa. Todos habíamos concertado en hacerle un lindo regalo a pesar de ser tan antipática con nosotros. Cada uno puso una cuota en dinero para ello y yo había sido el encargado de organizarlo todo; pero nadie sabía cuál era la sorpresa que le regalaríamos.

Temprano por la mañana cuando todos ya habían llegado, era el momento preciso para celebrarlo. Primero que todo le entregamos una linda caja que contenía su perfume favorito; con ello yo me aseguré que la fragancia con que había alimentado a mi amiga Nepenthes, estaría siempre cerca de ella.

Luego, la secretaria le hizo entrega de la hermosa planta con capullos rojos, la que de inmediato causó suspiros de admiración por su belleza. El asombro que mi jefa evidenció fue muy satisfactorio para mí; sabía que la planta le había gustado y que la cuidaría con total dedicación. Su amplia oficina le permitía mantenerla ahí sin problemas y cada día la veíamos cuidándola y sacudiendo sus sedosas hojas como si fuera una verdadera mascota.

Todos los días a la hora de almuerzo, cuando todos habían salido, yo aprovechaba para entrar a su oficina y la alimentaba con trozos de carne impregnadas del perfume. Las semanas pasaron y el tamaño de la planta aumentaba cada día de manera notable, lo que llenaba de orgullo a nuestra jefa que nunca sospechó el peligro que albergaba en su oficina. Muy por el contrario, cada vez que podía invitaba a alguien para mostrarle lo hermosa que estaba y lo apreciado que era para ella ese regalo.

Algunos de mis compañeros comenzaron a sentir envidia de mí por haber elegido tan lindo obsequio. Sin embargo siempre les obligué a mantener el secreto de quién había sido el que lo eligió; y por más que ella preguntaba sin cesar, nadie dijo nada.

Ya habían pasado un par de meses y la planta había sido cambiada varias veces de maceta para poder contenerla. Sus hojas siempre brillantes y sedosas relucían desde lejos. Mientras, sus tallos gruesos y suaves, se elevaban casi hasta el techo soportando el peso de los hermosos capullos rojos en sus extremos. El tamaño colosal que estaba adquiriendo, era comparable a esos gomeros de interior que crecen hasta cubrir toda la esquina de una habitación. También debía ser más cauteloso en la forma en que la alimentaba, ya que uno de los capullos medía casi un metro de largo.

Una mañana después de pasar más de una semana sin que la hubiera alimentado, mi amiga Nepenthes decidió alimentarse por sus propios medios. Primero se escuchó un grito desde la oficina de mi jefa, pero al ir a ver de qué se trataba, encontramos el cuerpo de ella colgando desde el interior de uno de sus capullos.

Ella ya no se movía y por más que intentaron abrir el capullo, era imposible ganarle a esas sedosas y fuertes mandíbulas. Como medida extrema, alguien decidió golpear el tallo de la planta para intentar quebrarla; esa fue la acción más ridícula, desesperada e infructuosa por doblegarla. Su fuerte estructura resistiría cualquier intento por derribarla ¿Podría una planta así sentir dolor?

Pasaron varios minutos y ya habían intentado de todo para poder sacarla del interior de la planta. A ese momento ya habían llegado los paramédicos, los bomberos e incluso la policía. Al fin, después de mucho esfuerzo de parte de todos, fueron los bomberos los que lograron desprender el capullo del tallo y liberar a nuestra jefa. Pero ya era demasiado tarde, los líquidos viscosos del interior del capullo la habían ahogado.

La conmoción era tremenda, todo se tornó en caos y confusión; llantos y gritos de desesperación. Hasta que las preguntas apuntaron a quién era el responsable de haber traído esa planta exótica a nuestra oficina. Primero se generó un murmullo suave y constante, luego sentí como las miradas de todos comenzaron a centrarse en mí.

La habitación se tornaba oscura y el espacio se me hacía infinito. Una a una todas las personas en la habitación se volteaban para mirarme, levantaban sus manos apuntándome con sus dedos, desde lejos se escuchaba mi nombre:

—Miguel.., ¡Miguel!…, ¡Miguel!…

Una y otra vez, más y más fuerte se escuchaba mi nombre. El cuerpo sin vida de mi jefa se levantó en el rincón, apuntando con sus manos llenas de los líquidos viscosos y amarillentos del capullo.

—Miguel.., ¡Miguel!…, ¡Miguel!…

El sonido de mi nombre retumbaba en la habitación hasta que desperté sobresaltado y mi jefa estaba de pie justo a mi lado, con ese odioso gesto de malestar que me exaspera. Al levantar mi cabeza, tenía las líneas de la costura de mi camisa dibujadas en mi cara y la forma del botón de la manga marcada en plena frente; mis ojos somnolientos y una enorme mancha de saliva en mi antebrazo que se estiraba hasta mi boca.

Las risas de mis compañeros de oficina se escucharon de inmediato cuando me levanté; ella se había encargado de convocarlos a todos para que me vieran dormir. Jamás me había sentido tan avergonzado en mi vida, sentía cómo mi cara se había puesto de color rojo tan intenso como el capullo en mi sueño, ni siquiera fui capaz de decir algo. Ese era el día más horrible de mi vida.

¿Por qué algunos sueños no pueden ser reales? Qué habría dado porque mi amiga Nepenthes fuera real y me hubiera tragado en ese momento; por desgracia, hay cosas que sólo suceden en los sueños.