Las horas de trabajo no están establecidas.

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Congela mi Corazón

Desde lejos, su edificio reflejaba el intenso brillo del sol, las delgadas paredes absorbían el calor de la tarde y la obligaba a mantener las ventanas abiertas y el ventilador encendido al máximo. Sin duda era uno de los veranos más calurosos en más de cincuenta años. El aire seco quemaba incluso a la sombra, mientras el sudor de su piel formaba líneas húmedas que mojaban su ropa.

Ana permanecía sentada en la sala con la vista fija en el horizonte, mirando a través de la ventana. Las cortinas estaban abiertas y podía observar la avenida sin que nadie la viera en la distancia. Estaba impaciente y ansiosa de que don Eduardo, el conserje, llegara pronto. Ana había conseguido que él le subiera las bolsas de hielo que el muchacho de los despachos traía desde la tienda de la esquina. Luego ella las echaría en la bañera y con un ventilador empujaría el aire frío por el pasillo para temperar en parte su departamento.

Ella procuraba no salir más de lo necesario a la calle, todo lo que pudiera comprar por teléfono lo hacía, y algunas cosas se las encargaba al conserje a cambio de una buena propina. El dinero no era una preocupación para ella, podría sobrevivir un par de años sin tener la necesidad de trabajar. La procedencia del dinero era su verdadero secreto; aunque para el resto de la gente ella era una excéntrica que había recibido una importante herencia. Esa mentira era su pantalla para no despertar sospechas.

Nadie habría sospechado de una mujer tan menuda y sencilla. Con su linda cara podía cautivar a cualquiera y con sus encantos naturales siempre conseguía lo que quería. Pero le aterraba tener que salir a la calle y cuando lo hacía, escondía sus lindos ojos verdes detrás de unos enormes lentes oscuros. Parecía paranoica, siempre mirando atrás por sobre sus hombros, siempre acelerada y sobresaltada. Quienes alguna vez se habían parado a su lado notaron el sutil temblor de sus manos; un movimiento constante y desesperante que a distancia, pasaba desapercibido.

El timbre sonó haciéndola saltar de su asiento y devolviéndola de su estado letárgico en el que se encontraba. Ana fue a abrir la puerta sabiendo que era don Eduardo, porque ya había visto pasar al muchacho de la tienda. Lo seguía con la mirada, contando sus pasos desde el almacén hasta su edificio. Luego seguía contando hasta escuchar sonar el timbre de su departamento. Eran casi trescientos pasos, doscientos ochenta y nueve para ser exactos. Ella abrió la puerta y lo vio parado cargando las cuatro bolsas de hielo.

—Con eso es suficiente por hoy don Eduardo, muchas gracias.

Ana le recibió las bolsas y fue directo al baño a colocarlas en la tina; mientras la puerta se cerraba a sus espaldas con el suave empujón que ella le había dado. Mientras avanzaba por el pasillo, el sonido de la cerradura encontrando su destino y el sutil golpe de la madera contra el metal, le devolvían la tranquilidad que segundos antes había perdido.

¿Por qué Ana vivía atemorizada? ¿Por qué la simple idea de tener que salir a la calle o que alguien tocara a su puerta la preocupaba tanto? Paso a paso el miedo se alejaba, mientras el frío de las bolsas enfriaba sus manos. Colocó las bolsas en la bañera sobre las otras cuatro bolsas que había puesto algunas horas antes.

Eran casi las tres de la tarde y el viento helado del ventilador comenzó a inundar el cuarto trayendo algo de calma a sus pensamientos. Ana se sentó otra vez en la sala esperando que un nuevo día pasara frente a sus ojos y que los minutos acabaran con ese calor sofocante que envolvía todo. Ese día se cumplían tres meses de haber llegado a ese lugar, sin muchas comodidades ya que el lugar era alquilado. El dueño se lo entregó sólo con un par de viejas sillas y una mesa desgastada en el comedor. Las verdes cortinas deslavadas que colgaban a un costado de la barra de fierro oxidada, apenas bloqueaban los rayos del sol. Mientras uno que otro mueble adornaba el resto del departamento sin cuadros ni mucha decoración.

Ella subsistía con lo mínimo y al fondo del closet guardaba las dos maletas con las que había llegado a ese lugar. Por supuesto que una traía su ropa, pero la otra guardaba su más preciado secreto. Escondido entre las ropas, los fardos de billetes se apilaban uno sobre otro; casi cien millones de pesos que eran tanto un dicha como una maldición. Esa era la causa de sus miedos y sus sobresaltos.

Ese departamento era el tercer lugar en el que ella estaba después de un año escapando de su destino, y no serían muchos los días que esperaba permanecer allí. Las sombras de su pasado la perseguían día y noche, sus sueños se veían interrumpidos constantemente, mientras el calor de los días se transformaba en sofocantes noches de desvelo.

Una noche más se iba y la luz del día acompañaba una nueva jornada de calor insoportable. La rutina comenzaba otra vez, una llamada matutina para pedir víveres y luego sentarse frente a la ventana esperando que las horas pasaran. Ana sabía que no soportaría mucho tiempo más ese ritmo, sabía que los días estaban contados para su estadía en ese lugar.

El calor comenzaba a aumentar y el día prometía ser un infierno otra vez, una nueva jornada parada frente al ventilador intentando escapar de la desesperante sensación de encierro y calor. Las imágenes de su pasado recorrían su memoria, mientras sus ojos permanecían en el horizonte buscando entre las caras de la gente, las facciones del único hombre que podría dar con ella en cualquier momento.

Ya pasaban de las tres de la tarde y se levantó de su asiento para ir a revisar cuánto hielo quedaba. Aún cuando había suficiente para pasar el resto del día y la noche, ese sentimiento paranoico e inseguro le hizo sentir que necesitaba más. Levantó el tapón de la tina para que escurriera el agua y quedara sólo el hielo, luego lo colocó otra vez en su lugar.

Ana se levantó y llamó al conserje para encargarle más hielo y otros insumos. Don Eduardo aceptó la solicitud y a los cinco minutos ella lo veía pasar desde su ventana en dirección al almacén de la esquina. Las manos de Ana temblaban de la impaciencia de verlo salir con el encargo y comenzar la cuenta de sus pasos de regreso al departamento. Con impaciencia se llevaba las manos a la boca mordiéndose las uñas y parándose de su asiento inquieta y ansiosa.

Al fin lo vio salir por el umbral del almacén y comenzaba a contar los pasos de don Eduardo. A los cincuenta pasos él ya había cruzado la calle y se encontraba en la vereda que daba a la entrada de su edificio. Aunque sabía muy bien que la cuenta era casi exacta, siempre se quedaba sentada en la silla con la mirada hacia la calle, hasta que sonaba el timbre de su puerta.

Su corazón se aceleraba, la impaciencia comenzaba a embargarla, la ansiedad comenzaba a socavarla por dentro, sumergiéndola en un mar de desesperación inexplicable para los demás. Sólo en su corazón se alojaba tanta angustia y esperanza al mismo tiempo, tanta expectación y tan profunda desolación como un abismo frío, oscuro y vertiginoso.

Ana contuvo la respiración esperando el anhelado sonido frente a su puerta. Pero esos segundos se convirtieron en una eternidad y no eran sólo sus ansias ni su paranoia, esta vez don Eduardo se había demorado más de lo habitual. Ana se levantó de su asiento y se dirigió hacia la puerta y a medio camino del pasillo el timbre la hizo sobresaltarse.

Un pálpito extraño la invadió, por un instante sintió que no debía abrir la puerta, que algo siniestro la esperaba tras esa barrera de madera. Se detuvo frente a ella y el timbre sonó. Al abrir la puerta apareció la figura reconocible de don Eduardo cargando las cuatro bolsas de hielo y los otros paquetes. Ana llevaba el dinero en sus manos y le entregó los billetes al tiempo que recibía las heladas bolsas.

—Gracias don Eduardo, mañana lo molestaré nuevamente.

—No es ninguna molestia, estoy para servirle.

Y no lo decía sólo por ser caballero, sino también por la propina que recibía cada vez que le hacía algún favor a la muchacha. Tampoco Ana era generosa por naturaleza, pero sin tener más dinero que billetes de gran valor, estaba obligada a serlo. Ana se giró y empujó la puerta con sus pies mientras caminaba por el pasillo esperando el anhelado sonido de la puerta al cerrar. Por un momento sintió un vacío en el aire, como si ese golpe jamás hubiera llegado.

Dejó las bolsas en la tina como cada día, y se frotó las heladas manos contra su blusa de algodón. Al salir del baño y mirar hacia la entrada, se dio cuenta que la puerta jamás se cerró y parado bajo el dintel se encontraba su peor pesadilla. Su ex novio estaba en la entrada, mirándola de pies a cabeza.

—Me ha costado meses encontrarte —le dijo con una sonrisa burlona— pero al fin ya estoy aquí preciosa… tráeme algo helado para tomar que este calor me está matando.

Era imposible imaginarse que después de tanto esfuerzo por librarse de él, aparecería de la nada frente a su puerta. Apenas podía moverse, sus pies estaban clavados al suelo. Con mucho esfuerzo fue a la cocina y le sirvió un vaso de agua con hielo. Al volver sus manos temblaban por la impresión y la rabia. Cuanto le hubiera gustado arrojarle el vaso a la cara y sacar desde su interior toda esa rabia para decirle que se fuera y no volviera jamás.

— ¡¿Cómo… tanto tiempo lejos y me recibes sólo con un vaso de agua?! ¿Acaso con el dinero que me robaste no te alcanza para tener algo mejor para beber?

Él arrojó el vaso contra la muralla y en dos tiempos la golpeó en la cara con su pesada mano. Ana cayó al suelo sin decir una palabra, sabía que hablar sólo empeoraría la situación. En silencio recogió los pedazos de vidrio y mientras secaba el piso con un paño, recordaba el infierno que había vivido a su lado.

No podía permitir que se repitiera su pasado, si no ponía fin a esa situación, sería su perdición. Sin meditarlo mucho y con su corazón encendido en rabia, al volver a la cocina tomó el cuchillo más grande y filoso que había.

Mientras se armaba de valor para enfrentarlo, miraba el reflejo de su cara al borde del cuchillo. Estaba segura que podía dar ese paso para librarse de una vez por todas de él. Respiró profundo y volvió a la sala mirándolo fijo; temblaba, en una mezcla de rabia y nervios, y se paró frente a él amenazándolo con el cuchillo.

— ¡Quiero que te vayas y no vuelvas más!

Una carcajada burlona salió de boca de él en respuesta a la amenaza. Él comenzó a acercarse confiado de la debilidad de Ana. Con un movimiento rápido, intentó arrebatarle el cuchillo de las manos; pero al no conseguirlo, él se abalanzó contra ella. Esta vez, al contrario de lo que muchas veces hizo, Ana no bajó los brazos como él pensaba y el arma se clavó directo en su corazón.

Ninguno de los dos esperaba ese desafortunado final. Su cuerpo sangrando se inclinó hacia ella, mientras él la miraba con la vista perdida en el infinito. Ana podía sentir el calor de la sangre cayendo por sus manos; mientras, él se tornaba cada vez más pesado en sus débiles brazos, hasta que lo dejó caer sobre el piso del pasillo.

Ella se arrodilló llorando al lado del cuerpo sin vida, sabía con toda certeza que él estaba muerto y que ya no debía temer. Pero también sabía que no podía recurrir a la policía para dar aviso de su infortunio. Era el precio a pagar por ser una prófuga de la justicia. Si bien ese sujeto tendido en el suelo de su departamento la había llevado por el camino de las drogas y la vida fácil; ella había decidido cambiar su destino. Fue por eso que en su último asalto a un banco, Ana decidió tenderle una trampa y escapó con el dinero, mientras él fue encarcelado.

Después de ese día ella comenzó a huir sin destino claro, quedándose en lugares sencillos y poco llamativos; intentando no despertar sospechas. Sin embargo nunca pensó que él escaparía de la cárcel.

Mientras esos recuerdos del pasado se desvanecían, su tímida personalidad y la perturbadora situación en la que se encontraba, la llevaron a hacer otra locura. Con total frialdad y mucho esfuerzo, arrastró al hombre hasta la tina del baño. Trajo todo el hielo que tenía en la casa y lo puso sobre él hasta cubrirlo por completo. Cada centímetro del cadáver estaba tapado dentro de la tina y ella volvió al pasillo a limpiar el charco de sangre que había quedado.

Sabiendo que no podía ocultarlo allí por mucho tiempo, Ana se sentó por largas horas llorando y maquinando qué hacer con el cuerpo en la bañera. Unas horas más tarde, cuando el final del día se acercaba, llamó a la tienda para encargar algunas bolsas más de hielo, así podría mantener el cadáver helado toda la noche mientras decidía como deshacerse de él. Varios minutos después sonó el timbre y ella corrió a atender; era el muchacho de la tienda que había venido personalmente a entregarlo. Tanto hielo encargó en esa oportunidad, que el conserje lo hizo pasar directo a su departamento.

—¿Dónde lo coloco señorita? —preguntó el joven.

—Llévalo a la tina del baño por favor.

Tan concentrada estaba planeando como deshacerse del cuerpo, que olvidó que el cadáver estaba a la vista. Tampoco había limpiado el charco de sangre en el piso del baño. Ana reaccionó tarde y quiso detener al muchacho, pero no alcanzó siquiera a abrir la boca antes que él entrara al baño. Él caminaba a ciegas cargando las bolsas en brazos frente a su cara, al dar el primer paso al interior del baño, se resbaló en el charco rojizo y gelatinoso, cayendo de espaldas y golpeándose la nuca contra el piso.

El joven no se movía, yacía tendido, inmóvil y sin vida en el piso ensangrentado. Esa seguidilla de sucesos desafortunados no sería cosa fácil de explicar, quién le creería. El mismo día, dos muertes accidentales en su departamento. Tenía casi la certeza que a su ex novio nadie lo vendría a buscar, pero al muchacho de la tienda, lo más probable era que sí.

Todo estaba tan confuso y perturbador que sólo se le ocurrió hacer con él lo mismo que con el otro. Colocó el cuerpo en la bañera y lo tapó con hielo hasta arriba; luego limpió el piso y cualquier rastro de sangre que hubiese quedado. Más que nunca necesitaba tener una coartada para que nadie viniera a preguntar por el muchacho. Así que después de unos minutos fue a la tienda.

—¿Por qué no ha llegado mi pedido de hielo aún? —dijo Ana al dueño.

—Pero si fue despachado hace más de una hora —respondió extrañado el tendero— me comprometo a enviar una nueva orden lo antes posible.

Mientras Ana estaba allí se fijó en las máquinas congeladoras, eso le dio una nueva y torcida idea. Al día siguiente compró un congelador similar al de la tienda y colocó ambos cuerpos en el interior de la máquina. Su afán por borrar todo indicio de la estadía de ellos en su departamento comenzaba a tejer una red más compleja. Por algunas semanas todo estuvo bien y sin complicaciones. Ana abría a diario las puertas del congelador para cerciorarse de que ambos permanecían congelados.

Una mañana mientras Ana esperaba por sus encargos de la tienda, sonó el timbre; ella se sentía más confiada y sin miedo por quien estuviera tras su puerta. Pero al abrir se encontró frente a frente al hermano de su ex novio; era muy similar a él: prepotente, violento e iracundo.

—¿Sorprendida? Vengo a buscar a mi hermano.

Ana guardó silencio, en parte por la sorpresa de verlo ahí y en parte por miedo de que se descubriera lo que escondía en su sala.

—No he visto a tu hermano hace más de un año.

—No es difícil dar contigo, me bastó con describirte un poco con el conserje para que me dijera en qué departamento podría encontrarte, y ¿me dices que mi hermano no pudo dar contigo? No te creo… ¿Dónde está?

—Ya te dije que no lo veo desde ese día.

Ella continuaba negando una y otra vez que lo hubiera visto.

—La verdad no sé qué le has hecho a mi hermano, pero lo averiguaré. Fue a la cárcel por tu culpa y lo único que ha hecho todo este tiempo es seguirte la pista. Hace unas semanas me contó que ya tenía un dato seguro y no he sabido nada de él desde entonces. Si yo di contigo no puedo creer que él no haya venido antes que yo.

—Ya te respondí —dijo ella intentando mantener firme la voz y no bajar la mirada— no sé nada de él, de sus problemas o de donde ha estado, sólo quiero dejar mi pasado atrás y rehacer mi vida.

—¿Qué hay del dinero? Mi hermano asegura que tú te quedaste con el dinero de su último trabajito.

Ana respiró profundo antes de contestar, quería parecer convincente al momento de responder.

—Mira a tu alrededor ¿No crees que si tuviera ese dinero no estaría en un mejor lugar que este?… ¡No he visto a tu hermano y espero no volver a verlo en mi vida!

Ella cerró la puerta con todas sus fuerzas y el portazo retumbó en el vacío de la habitación. De verdad que ver al interior de su departamento era deprimente, pero nada cambiaría la opinión del hombre sobre el asunto. Ella sabía que el sujeto volvería en el momento menos pensado y que no sería fácil escapar de él.

Ana compraba hielo cada día para mantener el congelador lleno hasta el borde y el pedido de esa tarde estaba cercano a llegar. Ana se sentó frente a la ventana para ver cuando pasara el muchacho de la tienda con rumbo a su edificio. Poco después don Eduardo, el conserje, llegaba a su puerta con el encargo. Pero en esta ocasión Ana había pedido el doble de hielo acostumbrado, una parte la dejaría en el congelador, la otra la pondría en la tina para pasar el calor de la tarde.

A lo lejos ella divisó al nuevo muchacho de los despachos que venía con rumbo a su edificio. No parecía ser tan joven como el anterior y su cuerpo era más robusto y fornido que su antecesor. Aún así apenas se le veía la cara detrás de las bolsas de hielo que cargaba en sus brazos. Ana estaba atenta al timbre, esperando ansiosa que don Eduardo le subiera su pedido. El timbre sonó y al abrir se encontró con el nuevo despachador de la tienda.

—Buenas tardes le traigo su pedido —dijo el muchacho con una sonrisa.

—Gracias ¿y don Eduardo? —preguntó Ana extrañada.

—Como el pedido era muy pesado para él, me indicó que se lo subiera directo a su departamento.

Ana permaneció en silencio, parada frente a él sin reaccionar.

—¿Y el otro muchacho? —preguntó Ana.

—Hace días que no aparece y nadie ha sabido nada de él. Yo entré a trabajar recién esta mañana y mucha gente me ha preguntado por él.

Ana sabía bien que el joven estaba más tieso y congelado que mástil en el ártico, pero al menos con ello desviaba las sospechas de su desaparición. Ella lo hizo pasar con las pesadas bolsas y le indicó donde estaba el baño para que las dejara dentro de la tina. Al darse vuelta para cerrar la puerta, el hermano de su ex pareja estaba parado justo en el umbral. Ana se sobresaltó al verlo, intentó cerrarle la puerta pero él colocó su pie frenándola, luego le dio un empujón haciéndose camino para entrar.

Ambos discutían mientras él recorría el departamento empujando los pocos muebles que tenía y abriendo las puertas de las habitaciones. En tanto, el hombre de los pedidos había sacado el tapón de la tina para que se desocupara del agua que aún tenía y luego abrió las bolsas de hielo para vaciarlas adentro.

El sujeto había recorrido cada rincón del departamento y al final entró tan apresurado al baño, que golpeó de paso al hombre de la tienda. El despachador respondió al empellón con un manotazo, lo que encendió los ánimos de ambos y se trenzaron a golpes. Entre los forcejeos, el despachador sacó el pica hielo, mientras el otro sujeto que no venía armado, hacía uso de lo que estuviera a la mano para defenderse. Comenzaron a dar vueltas por el departamento, el hombre con el pica hielo estaba muy descontrolado, mientras que el otro tomó una lámpara y se la lanzó. Luego corrió a la cocina en busca de un cuchillo y empuñándolo se le paró enfrente, la lucha era a muerte.

El despachador tomó al paso un florero arrojándoselo y cuando el otro sujeto se agachó para esquivarlo, se le fue encima y le acertó un puntazo en el estómago. El hombre cayó al suelo mientras la sangre brotaba. Cuando su atacante se le acercó para herirlo otra vez, él reaccionó lanzando el cuchillo y clavándolo directo en la garganta del despachador; la profunda herida lanzaba un chorro de sangre por todos lados.

El hermano de su ex novio se acercó al hombre gateando de rodillas y lo remató en el suelo. Ana, que había presenciado toda la pelea, tomó una estatua de piedra y lo golpeó en la cabeza, desnucándolo. Su departamento era un mar rojo de sangre y dos muertos más se sumaban a su trágica suerte. Era como una maldición interminable que dejaba a Ana al borde de la locura.

En forma mecánica y choqueada por lo sucedido, ella realizó el mismo procedimiento anterior. Limpió las murallas y el piso, luego acomodó ambos cuerpos en la bañera y al terminar, se sentó en medio de la sala a contemplar el suelo; incrédula y desconcertada. Así pasaron las horas sin comer ni beber nada. Su vista se mantenía mirando al suelo con las ventanas abiertas hasta después del anochecer.

Ana se quitó la ropa mientras el viento helado de la noche comenzaba a correr por los pasillos de su departamento. Pero a ella parecía no importarle, estaba ausente y perdida. Donde escapara, los fantasmas de sus muertos la seguirían, la culpabilidad de su pasado flotaría para mostrarle al mundo su culpa. Sólo sentía remordimiento y desesperación. Sus manos azuladas comenzaban a ponerse rígidas, su piel helada ya no retenía el poco calor de su cuerpo desnudo. Las horas avanzarían sin detenerse hasta llevarse todo el calor de la habitación hasta que el nuevo sol se levantara.

Los días pasaron y el intenso olor puso en alerta a los vecinos, quienes llamaron a la policía. Al llegar ellos abrieron la puerta con la ayuda de don Eduardo, pero no se veía a nadie por ningún lado; el repulsivo olor revolvía el estómago y estaba esparcido por cada habitación. Las ventanas estaban abiertas y el ventilador permanecía encendido. Tras recorrer la sala, se dirigieron al baño desde donde venía el mal olor. Al entrar encontraron los dos cadáveres con tres días de descomposición en la bañera. Mientras en la sala, el agua se filtraba desde el congelador grande, al abrirlo encontraron otra macabra escena; mezclado entre hielo y sangre, había dos cadáveres más.

Después de eso decidieron revisar cada rincón del departamento y adentro de cada mueble. En el closet encontraron el bolso lleno de dinero, mientras que dentro del refrigerador de la cocina estaba ella. Parecía dormida pero en realidad estaba muerta y desnuda, con un papel escrito entre sus manos que decía: “La muerte me rodea, no tengo salvación, llévense mi cuerpo y congelen mi corazón.”