Las horas de trabajo no están establecidas.

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El Ocaso

Henri caminaba por la orilla de la playa, el día estaba soleado, pero unas nubes caprichosas jugaban en el cielo escondiendo entre su danza la luz del sol. Las olas golpeaban con fuerza la orilla, pero igual había gente que desafiaba su locura y entraba al mar para apagar el calor de la tarde. Henri observaba todo con detención, como si por primera vez hubiese estado en ese lugar; como un niño que por primera vez es llevado al océano y escudriña cada centímetro a su alrededor en busca de aquellas maravillas por descubrir. Los pedazos de moluscos de diferentes formas y las piedras de colores pulidas por el viento y el oleaje. El azul del mar, intenso y espumoso, como un cuadro de pinceladas firmes y abstractas a la vez. La arena fina y amarilla, con toques de ocre hacia la orilla, donde el agua acariciaba su borde irregular.

Henri miraba maravillado a los niños jugando con sus pelotas inflables, esas que miden como cuarenta centímetros de diámetro y que los más chicos apenas pueden sostener entre sus brazos contra sus pechos. Él tenía la sensación de estar sumergido en un viaje a sus recuerdos más lejanos, todo alrededor parecía una postal de imágenes que ya había vivido, pero con énfasis en los detalles de su infancia. El algodón de azúcar, las pelotas de playa, hasta los trajes de baño parecían de otra época, aunque era la primera vez que estaba allí.

—La moda siempre es cíclica— se dijo, apagando esas voces que le resaltaban los detalles que no parecían encajar para su tiempo.

Henri caminó entre la multitud disfrutando del día que se tornaba cada vez más agradable; las nubes juguetonas se dispersaban dejando relucir el azul intenso del cielo y el viento embravecido se calmaba dando paso a una suave brisa que acariciaba su piel. El aire tibio que lo envolvía soplaba sobre su pelo y lo despeinaba, a lo que Henri llevaba constantemente sus manos a la cabeza para ordenarlo y sacarlo de su frente. Como un adolescente de quince se paseaba por la arena observando las curvilíneas mujeres, de piel bronceada y cuerpos voluminosos. Rubias, morenas y pelirrojas, esculturales; muchas parecían modelos o sacadas de una revista de modas, con ojos hermosos y labios brillantes. También había gente común y corriente, pero para él era como si no existieran, sus ojos sólo enfocaban lo que le parecía atractivo.

Entre la multitud de mujeres que veía a su alrededor, unos lindos ojos sobresalieron para él. Un verde intenso que no había visto antes y una mirada tierna que parecía invitarlo a acercarse. La joven caminaba alejándose de la playa hacia donde estaban los quioscos de bebidas, golosinas y helados. Henri no quería perderla de vista; la miró de pies a cabeza para recordar su apariencia y poder reconocerla a la distancia o aunque se le perdiera en la multitud. Pero su vestido era demasiado común y lo único que resaltaba de su atuendo eran unas vistosas chancletas rosadas que cubrían sus finos pies. Él intentó seguirla de cerca, pero se estrellaba con un mar de personas que caminaban por la arena en sentido contrario a de él. Cuando logró llegar a la zona de los quioscos, se dio cuenta que la había perdido de vista y que eran tantos los locales que habían alrededor, que se tardaría toda la tarde en encontrarla allí.

Su corazón se apretó con amargura y el recuerdo de esos ojos luminosos, lo impulsaron a comenzar la búsqueda de esas chancletas tan originales que llevaba la dueña de esa cautivante mirada. Su largo pelo cobrizo, resaltaba su cara de ángel adornada de esos verdes luceros. Cada vez que veía un vestido similar, miraba sus pies buscando esas peculiares chancletas que le ayudarían a saber que era ella. Pero recorría los locales sin poder encontrarla.

—Quizás ya se devolvió a la playa y yo sigo acá buscándola.

La aventura le había traído una sed impresionante que le raspaba la garganta y un amargor de boca impasable. Buscó en los bolsillos de su pantalón y llevaba unas cuantas monedas que le alcanzaban para un jugo. Al acercarse al mesón a pagar, vio por la ventana la inconfundible silueta de la joven que había estado siguiendo. Dejó caer las monedas frente al tendero y agarró la botella de refresco. Con la velocidad de una gacela que se escapa de su cazador, salió de la tienda corriendo en busca de la joven, al salir por el umbral, alcanzó a ver el borde de su vestido ingresando en un negocio cercano.

Su corazón se aceleró, su boca permanecía seca y su lengua rasposa, la saliva no bajaba de su paladar y decidió tomar un sorbo del refresco de naranja que había comprado. Con la cabeza en alto y la mirada al frente consiguió hidratarse sin perder de vista el umbral por el que ella había entrado. Al ingresar a la tienda, miró a su alrededor y sólo veía pelotas inflables, baldes y otros artículos de playa tan comunes. Entre los colores rojos, azules y anaranjados, logró ver una silueta parecida a de la joven. Corrió hasta un rincón de la tienda y al girar hacia su derecha se topó de frente con un grupo de muchachas; todas de cabello largo y cobrizo, con vestidos muy parecidos. Por los rasgos similares de sus caras pudo darse cuenta que ellas eran hermanas, muy parecidas pero de diferentes edades y estaturas. Henri bajó su mirada para verles el calzado y detrás de las dos primeras jóvenes vio las chancletas que habían llamado tanto su atención.

—Las chancletas rosadas— dijo en voz alta y luego se sonrojó al darse cuenta que sus pensamientos escaparon por su boca.

—Te gustan— dijo ella desde su lugar.

Henri levantó la mirada y se perdió en sus ojos verdes como esmeraldas; su corazón latía a mil y sentía una tranquilidad impensada que llenó su interior, como si hubiera encontrado un objeto perdido por muchos años. Ella avanzó esperando que él le respondiera algo sobre su llamativo calzado, pero él parecía sumergido en su mirada y desde lo más profundo dijo:

—No más que tus ojos.

La joven se sonrojó las muchachas alrededor se rieron con timidez por las palabras de Henri. Ni el más completo manual del casanova hubiera definido la frase usada para dirigirla a la joven portadora de tan hermosos ojos. Su cara de ángel y su piel blanca como la nieve, levemente enrojecida por el sol, tenían boquiabierto al joven, mientras su mirada no se despegaba de ella.

Sin decir palabra, la muchacha lo tomó de la mano y juntos salieron de la tienda alejándose de los demás. Por un rato caminaron por la orilla de la playa mientras hablaban de sus vidas y comenzaban a conocerse. Pero ninguno de los dos preguntó el nombre del otro, ni qué edad tenían; fue como si se conocieran desde antes y no necesitaran hacer esas consultas poco originales. Era más enriquecedor conversar de otras cosas y hacerse compañía, disfrutar del paisaje, de la brisa y del roce de las manos al caminar.

Henri se sentía completo por primera vez en su vida, aunque el misterio de las preguntas sin responder permanecía en su mente como un aguijón punzante y venenoso; como si esas respuestas fueran vitales para su tranquilidad. Pero prefirió no romper la magia del momento y continuar disfrutando de su tiempo junto a ella. Tiempo perecedero que sabía que no era eterno, pero que era mejor vivirlo que cuestionarlo.

Los minutos y las horas pasaban, pero el sol se mantenía en la misma posición como si la vida se hubiera detenido y el mundo ya no girara. Como si el centro del universo fueran ellos y no existiera nada más alrededor. Henri sabía que todo se desvanecería en cualquier momento, pero prefería seguirla a todos lados, abrazarla y besar su frente, mientras ella se recostaba con su cabeza en el pecho de él. Juntos miraban las olas y permanecían largos minutos sin decir nada, como si todas las palabras del mundo ya hubieran sido dichas, como si no necesitaran oír el sonido de sus voces.

Era algo inexplicable y a la vez lleno de misterio y regocijo. Henri sabía perfectamente cuando había sido la única vez en su vida que se había sentido así y hasta se sentía culpable de tanta felicidad. A su mente venían recuerdos difusos y poco claros de su esposa. Del día en que la había conocido no recordaba nada, pero sí la sensación que había causado en él. Esto era lo mismo, pero su mente le hacía sentir un pesar extraño. Si estaba casado ¿qué hacía en esa playa al lado de una muchacha quinceañera? Ahora que lo pensaba mejor, se suponía que él tenía más de setenta aunque se sentía un adolescente en su plenitud.

El temor hizo presa de su corazón, en parte comprendía, pero en parte se sentía desorientado; como si esas sensaciones y esos recuerdos maduros fueran parte de otra vida y no de ese cuerpo juvenil que abrazaba a la muchacha. La joven lo miraba constantemente con ojos de adolescente enamorada, le acariciaba la cara y besaba sus mejillas con ternura. No había en ellos esa locura carnal, ni ese deseo incontenible de los muchachos que se dejan llevar por las hormonas. En ellos había un apacible y emotivo amor que iba en aumento conforme pasaban las horas.

Las nubes volvían a revolotear en el azul del cielo, a ratos tapaban el sol oscureciendo todo y luego se desvanecían con la misma rapidez que habían llegado. Los jóvenes siguieron caminando por la playa tomados de la mano, mientras el sol se tornaba anaranjado y difuso. Un velo de nubes comenzó a cubrirlo y a crear unos cúmulos oscuros y amenazantes como de tormenta. El cielo se tornó violáceo y a lo lejos, en el horizonte del mar, se sentía los truenos y se podían apreciar las luces de los relámpagos lejanos. La tormenta se venía veloz sobre ellos, sus manos se soltaron y Henri sintió la mano fuerte de un hombre que lo llevaba lejos de ella y lo subía a un auto.

Esa imagen ya la había vivido alguna vez en su vida; la ubicación en el asiento era similar a la que recordaba en el auto de su padre, la silueta del acompañante de adelante se asemejaba a la figura de su madre. Pero ese recuerdo era tan lejano que no tenía la certeza de que fuera verdad; ellos habían muerto en un accidente cuando él tenía sólo cinco años, pero la sensación era la misma que había tenido en su niñez. Por un instante dejó de pensar en la muchacha de las chancletas y comenzó a ver cómo el vehículo en el que viajaban se alejaba velozmente de la tormenta.

El resplandor de los relámpagos iluminaba el camino que se tornaba escabroso y poco regular. Los hoyos en el asfalto hacían saltar el auto y Henri golpeaba su cabeza contra la ventana de su costado izquierdo. Nada parecía tener sentido, un momento antes estaba en la playa y ahora iba con rumbo desconocido, en compañía de sus recuerdos por una carretera olvidada y con una oscura amenaza rodeándolos a todos. Henri cerró los ojos, su miedo era más grande que la curiosidad por ver el camino por el que iban. Un estruendoso relámpago iluminó todo alrededor y el paisaje cambió en un abrir y cerrar de ojos. Henri ya no estaba en el auto, ahora caminaba por un bosque oscuro y tenebroso, con los pies sumergidos en el fango y con el olor a humedad impregnado en su nariz.

Desde lejos vio la silueta de la muchacha corriendo entre los árboles, con su vestido floreado y su cabello al viento. La tormenta se tornaba cada vez más intensa, la lluvia comenzó a caer copiosa y los estruendos estremecían todo alrededor. Henri miró al cielo y vio las nubes oscuras, de un violeta casi negro que se revolvían en lo alto, mientras la lluvia mojaba con fuerza su cara. Podía sentir el golpe de las gotas caer sobre su cuerpo como si fueran piedrecillas de arenilla cayendo desde el cielo. Mientras más intentaba acelerar su paso para alcanzar a la joven, más se hundía en el lodo; el barro le llegaba hasta las rodillas y se le hacía imposible avanzar.

—¡Chancletas!

Gritó Henri esperando que ella se detuviera y regresara a ayudarlo. Él intentaba zafar sus pies del lodazal y continuaba luchando por salir de la trampa. Mientras, la lluvia seguía fluyendo e inundando todo alrededor. El agua ya le llegaba a la cintura, cuando escuchó la voz de la muchacha:

—Sujétate de esto.

Al levantar la mirada, Henri vio a la joven que le extendía una rama para que él la usara para escapar del lodazal. Él la sujetó con fuerza y comenzó a tirar de ella sintiendo su cuerpo desplazándose hacia afuera de la trampa mortal. Los truenos seguían golpeando sus oídos temerosos y la lluvia lavaba en parte su cuerpo enlodado a medida que él salía del fango. Henri miraba con asombro como la muchacha parecía estar dibujada en ese lugar, su cabello no estaba mojado por la lluvia y sus vestidos no estaban manchados por el barro. También sus chancletas estaban limpias, sin rastro alguno de haber tocado el lodo.

Al fin Henri consiguió salir por completo del lodazal, la lluvia le ayudó a lavar su cuerpo embarrado y en breve ya se veía como si nunca hubiera estado sucio. Él extendió su mano para tomar la de ella y al instante se transportaron a la playa donde se habían conocido. El sol ya rozaba el horizonte y los colores anaranjados del atardecer dominaban el cielo frente a sus ojos. Una paz inmensa dominaba sus sentimientos y al mirar los ojos de la muchacha se dio cuenta de quien tenía enfrente, no era otra que su amada esposa.

El delirio de la fiebre lo había llevado en ese sueño tormentoso, confundiendo sus pensamientos y mezclando escenas de su pasado con paisajes surrealistas que jamás había visitado. Su amada esposa que había fallecido diez años atrás estaba ahora frente a él tras la imagen juvenil de la muchacha de las chancletas. Pero sus ojos no mentían, era ella, el amor de su vida, su pasión, su eterno complemento. Un momento de lucidez le permitió comprender lo que estaba pasando y un miedo pasajero se alojó en su corazón.

—No temas, estamos juntos otra vez —dijo ella.

—¿Pero qué hago aquí?¿Estoy muerto?

—No aún, pero estas cerca.

Henri retiró su mano con el miedo de que la hermosa silueta de la muchacha, no fuera más que el audaz disfraz de la muerte que venía por él. Henri no despegaba la vista de sus hermosos ojos color esmeralda y trataba de comprender la locura que estaba viviendo. No estaba despierto, eso lo tenía claro, pero quizás solo era un mal sueño.

Él dio un paso atrás, pero sus pies parecían flotar en el aire y la joven se acercaba a él hasta abrazarlo con calidez y ternura. Susurró algo en su oído, una frase que solo él podía haber escuchado de labios de su esposa. En ese momento el velo de sus ojos fue quitado y vio a través de la cristalina muchacha quinceañera, el alma de su amada y rejuvenecida esposa. Su cabello negro y ondulado le llegaba a los hombros y sus blancas manos sostenían su mano temerosa, su sonrisa lo rodeaba con la luz de las estrellas. Todo sentimiento de temor se había esfumado al momento de reconocerla. Aunque no sabía qué sentido tenía lo que estaba viviendo, estaba feliz y completo al estar junto a su amada otra vez.

—¿Dónde estamos? —preguntó él.

—En todos lados y en ninguna parte; es solo el lugar donde reposan las almas una vez que pasan la primera puerta.

—¿Cuál puerta?

—La puerta de la inconciencia o como la nombran los médicos: el estado de coma.

Henri parecía confundido pero todo tenía sentido después de escucharla a ella; sus recuerdos de la infancia mezclados por los sentimientos hacia su esposa. No importando que apariencia hubiera tenido, dónde la hubiera encontrado, las almas gemelas existen para encontrarse en esta y en la otra vida. Algo en él sabía que todo no estaba dicho aun. Había una tensión que le impedía seguir adelante, como si estuviera forzado a esperar un momento más.

—¿Qué sigue después de esto? —preguntó Henri.

—Eso no podría explicártelo, tendrás que verlo con tus propios ojos. No hay palabras para describir lo que viene tras la siguiente puerta.

—¿Cuál puerta?

—La puerta de luz o el túnel como lo nombran quienes se han devuelto y no han pasado más allá.

El momento era dudoso y a la vez el esperado, tras tanto sufrimiento por su enfermedad ahora estaba en su ocaso y aferrado a la mujer que siempre amó.

—¿Podemos seguir adelante juntos? —preguntó él temeroso.

—Podemos llegar allí juntos, pero lo que pase más allá del túnel no lo sabremos hasta llegar. Estas son las cosas milagrosas que suceden solo una vez en la vida.

—Como cuando nos conocimos —aseveró Henri.

—Sí, como ese maravilloso día.

La luz comenzó a ser más intensa y el paisaje de la playa en el atardecer comenzó a esfumarse lentamente dando paso a un espacio vacío, blanco y luminoso. Una paz indescriptible que guiaba sus pasos flotantes hacia la eternidad.